Remembrance Sunday… ¿Una celebración?

Multitudes para enlistarse (1914)
Multitudes para enlistarse (1914)

Hoy domingo de noviembre se conmemora en Gran Bretaña a los caídos durante las dos guerras mundiales.

Suenan las bandas marciales, los desfiles muestran los uniformes impecables, almidonados y las gorras y cascos brillantes de regimientos, como salidos de una colección de soldaditos de plomo. Se cantan himnos religiosos, se presentan flores y coronas para honrar a los caídos. La reina de Inglaterra está presente. El festival por los caídos ha comenzado. Este año se conmemoran 90 años. “Recordar a los muertos y agradecer a quienes se sacrifican en servicio de su país”, dicen.

Comienza la ceremonia con una fanfarria de trompetas, se canta Dios salve a la reina, y luego se conmemora a los muertos en Afganistán e Irak, con frases que hablan de coraje extremo, valor supremo. Entran con estandartes en marcha militar mientras el público de pie sigue el ritmo marcial, batiendo palmas y más bien me parece un festival circense. Sobretodo cuando al entrar los soldados de Irak y Afganistán recientemente condecorados, comienzan a tocar los violines para que desfilen las mujeres que han quedado, sin hijos, sin maridos, sin hermanos. Bajan las escaleras como zombis, resignadas a la inevitabilidad de la realidad militar, asumiéndola con una normalidad aplastante.

 

Parecen más bien una broma de mal gusto en compañía de los números que van desde corales hasta canciones de jazz y semi opereta.

El clérigo ora con la llegada de los regimientos: “Que sirvan con coraje y se enfrenten a lo que se les presente con disciplina y lealtad para servir a la justicia, la libertad y la paz…” “Sin pedir nada a cambio, sino servir tu voluntad, señor, a través de Jesucristo”.

Sigue la broma y me remonta a la edad media. Me pasma la normalidad con que se perpetúan los mismos conceptos militaristas de honor, sacrificio, patria, que enviaron a la muerte a millones en el siglo que acabamos de pasar, aunque sea sólo cronológicamente…

 

Harry Patch
Harry Patch

Por otro lado, otra realidad se muestra con el programa The Last Tommy (El último Tommy) cuyo título deriva de la designación genérica que los soldados recibieron durante la I Guerra Mundial y que no deja de ser inverosímilmente irónico: la masificación del soldado raso británico, que murió por millones durante las dos guerras mundiales. Los autómatas de la maquinaria bélica que sigue en movimiento cada vez más poderosa.

 

A los 107 años, Harry Patch, sale al corredor del hogar de ancianos con su andador, otra vez con música de violines y las medallas colgando de la chaqueta como colgajos de su propia piel. Uno de los Tommies sobrevivientes este año con 110 años cumplidos. El circo debe continuar, aunque Harry nos recuerda la futilidad y el horror de la guerra. El vocabulario de la época, resucitado en el documental: superpoder, imperio británico, supremacía. se sigue usando hoy y junto a las celebraciones se reafirma en el inconciente colectivo. Presentar los respetos a los muertos es la honorable disculpa para promover una cultura bélica como parte de la normalidad de la vida, algo que celebrar o enaltecer. Y nunca olvidar que al final del viaje bélico hay una película o una historia emotiva que contar y, más que nada, una fanfarria.

La idealización de la guerra como un evento romántico mientras la iglesia no sólo está presente, como d´habitude, sino que celebra junto con los ejércitos…

 

Harry Patch nos recuerda: “Era el enemigo…pero para ellos también éramos el enemigo, ¿verdad? No creo en la guerra, sino en resolver los conflictos sobre la mesa de negociación.”

20 millones murieron en la Gran Guerra en apenas cuatro años. Muchos de los que regresaron heridos recibieron medallas por su coraje. ¿No es parte del trabajo caer en combate? ¿No merecen una condecoración los millones que murieron y allí quedaron tirados en las trincheras?

 

Harry recuerda: “Había unos perros peleándose por una galleta. Luchando por su supervivencia. Y pensé: No somos perros. Somos dos países “civilizados”, avanzados, Alemania  e Inglaterra combatiendo, matándose unos a otros. Y los soldados luchamos por nuestra supervivencia en el barro…¿Para qué? ¿Por unos centavos?”.

 

Algunos Tommies se alistaban por la aventura, a veces por unas vacaciones que sólo el ejército podía ofrecerles. Muchos no cumplían con las condiciones de reclutamiento por su estatura y su estado de desnutrición. Sus razones eran escapar a la pobreza y así mismo eran aceptados. El honor y las medallas parecen fundirse en una masa de metal informe.

 

Harry Patch perdió a sus tres amigos con los que compartió las trincheras, el frío, el cansancio, los piojos, el miedo, la metralla, el gas y la muerte.

“Ése es mi Remembrance Day”, dice.  “El día en que perdí en Passiondale a mis tres amigos”. 12.000 lápidas de Tommies muertos en Passiondale. 8.000 desconocidos bajo blancas lápidas en blanco. 35.000 nombres inscriptos de cuerpos de soldados que nunca se encontraron. 325.000 muertos en Passendale, una batalla que no tuvo consecuencias de “victoria”.

 

Nos queda el legado de Harry Patch: “He intentado olvidar, pero desentierran el recuerdo de la guerra todo el tiempo”.

 

Harry se rinde a la memoria que le imponen y se deja llevar para encontrarse por primera vez con un soldado enemigo. Charles Kuentz revela que fue reclutado al ejército alemán en Alsacia y no tuvo opción. “Desafortunadamente, tuve que luchar contra los ingleses”.

“Sácanos una foto”, dice Harry al camarógrafo. Harry y Charles se dan la mano mirándose a los ojos, y asusta pensar que estos hombres de más de un siglo nunca hubieran querido hacer otra cosa…

 

Alejandra Guibert 

 

 

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Por las páginas de El País…

 

 

 

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Por las páginas de cultura de El País, y las de Babelia, desfilan escritores y sus libros con sus pensamientos y sus dictámenes, y la historia que han construido y construyen a partir de sí mismos y la valoración de sus obras. La sensación clara de un mundo de conceptos instituidos en piedra, inamovibles. Entre ellos se pone de manifiesto lo imposible de resaltar, lo invisible.

 

La ausencia de la presencia femenina como creadora, como formadora y comunicadora de una realidad, de un modelo o paradigma desde donde afirmarse para conocer, formular ideas, recomendar lecturas, transmitir y legar un mundo literario a través de su propia forja de una visión. Así como lo hace el hombre y su presencia resulta fácil y natural.

 

Cuando en las páginas de la cultura se pone de manifiesto la presencia femenina es cuando es hecha presencia. Cuando su aparición es el tema del fascículo, es el artículo del número especial. La presencia de la mujer en la literatura como si fuera un tema en sí que tratar o un fantasma que examinar.

Resalta también la restricción de un lugar tomado. Un lugar en el cual a la mujer se le da un rincón de donde asomarse y se finge que es el lugar de todos. Sólo que para ella, la mujer, la protagonista, lo es apenas por ese fascículo. No vaya a ser que se crea que luego estará lado a lado, con sus temas diferentes, que la alienan de los temas de ellos, los que tienen el sello de la casa. El sello que todos han aprobado sea para bien o para mal. Es el único. El de ellos. Un sello de una matriz que ha sido destruida. Para ellas sólo habrá un espacio especial en el fascículo particular o la noticia del evento desacostumbrado. Apenas para aquietarlas y permitirles apoderarse de un sentimiento de orgullo y satisfacción. Luego, a lo suyo. Lo de ellos es lo que va por la calle principal. La calle en la que desde el balcón ella sigue asistiendo el desfile de lo que se convirtió en la avenida de palabras, conceptos, percepciones, modelos e idiosincrasias de la oficialidad literaria. La oficialidad masculina de la cultura.

 

Como dice Carlos Fuentes, uno de los “dioses sagrados” aprobados por el sello de esta oficialidad en la entrevista del 4 de octubre de 2008 en Babelia:

“Todo está temáticamente dicho, pero el tratamiento es cada vez distinto”. ¿Dicho por quién? “Hay doce temas más o menos, en la novela: padres e hijos, hombres y mujeres, sexo, hijo pródigo, el viaje, la aventura, Ulises…” Los temas aparentemente universales vuelven a poner de manifiesto que no existen otros temas. Mucho menos aquellos que incumben a ellas, las escritoras que desde el balcón continúan diciendo a viva voz sin ser oídas por el ruido estridente que sube de la avenida. Esa misma universalidad del mundo patriarcal en que a la mujer se le da un lugar prestado. El mundo por el que con autoridad ellos caminan en la avenida. Mientras se espera que la sociedad en su totalidad camine junto o detrás en procesión, y la mujer se conforme con mirar desde el balcón. La autoridad militar, académica, científica, familiar, religiosa. El mundo patriarcal que sigue dictaminando los gobiernos, la economía, la guerra, los movimientos en el arte y la vida en general. En sus orillas, la mujer con su forma distinta de la corriente dominante, la que le da el derecho de mantenerla al margen de los valores decididos y estampados con el sello de aprobación.

Dice Fuentes: “Escribir sintiéndote el Dios de la primera creación es el gran privilegio de la literatura”. Otro concepto que nos separa, nos distingue por suerte y por desgracia. Para llevarlos a ellos en sueños de cumbres de grandeza, la deidad monoteísta de la masculinidad. A combatirlo todo, desecharlo todo, devorarlo todo, imponerlo todo, a sus anchas. Y continúa: “Es la fuerza del escritor. Sobrevive a los políticos por eso. El tiempo sigue adelante, derrota a los escritores, pero los escritores triunfan porque intentaron lo imposible”. La contienda permanente. Ser el mejor para arrasar, no dejar lugar, a codazos. Alcanzar un lugar, vencer, entre ellos.

 

Dejando de lado el silencio y la protección del espacio adquirido y reservado para un mundo patriarcal del intelecto, las palabras de Fuentes me saben a una antigüedad fuera de circulación. A pesar de la renuencia de dejar caer a los dioses sagrados, aunque hayan quedado fuera de su tiempo. No por una cuestión de edad material sino del momento de una era que por fortuna cambió, y a la que ciertas mentes no se adaptaron. Al igual que los políticos con los que se compara Fuentes. Estos conceptos de Fuentes suenan tan fuera de su tiempo, que la entrevista parece de una edición de El País de los años 80. Tal vez deba cuestionar también al entrevistador, el aparentemente sobrecogido discípulo que sigue promoviendo modelos cómodamente asentados en su subconsciente. Por un lado, estas páginas de El País no dejan de ser una decepción. Por otro, una cierta esperanza como una pequeña luz casi imperceptible me llega a la conciencia de que algo hemos avanzado, cuando los criterios de esta entrevista me saben a rancio.

 

Alejandra Guibert

 

 

 

 

Renovadas pedanterías de Verdú…

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Aunque Vicente Verdú vuelve a esconderse detrás de una ensayada ambigüedad lingüística, no deja de ser explícita la misoginia de su última proposición recalcitrante (una vez más), en la entrega (hasta cuándo, le preguntaría a El País) del sábado 15 de marzo en la sección de cultura.

Aduciendo a su género con menoscabo, no consigue enmascarar su aversión a la mujer cuando dice: “el desarrollo de lo sensible o lo emocional anega el antiguo mundo del conocimiento y el prototipo intuitivo o vaginal se alza como el gran ojo divino y triangular de casi todas las cosas” y ensaya así, Verdú, su misoginia achacosa. 

Además del mal gusto del título “La mirada vaginal”, tal vez otro intento de llamar la atención, intenta desprestigiar al mundo de la intuición que, finalmente, el universo masculino encerrado en el dogmatismo y lo pragmático a secas comienza a flexibilizarse en apreciar para su beneficio y el de la sociedad.

Como es habitual, Verdú dirige su esfuerzo literario a una originalidad forzada (valga la redundancia, en honor a la artificiosidad estilística que tanto lo entretiene) sin mayor atractivo intelectual, por mucho que intente escribir algo que valga la pena leer. 

La intuición parece asustarle o aborrecerlo, sin darse cuenta, claro está, de que las vaguedades y devaneos que moldean su columna en El País no son nada más que juegos torpes de su propia intuición mal ejercitada, aunque bastante cargada de prejuicios y convencionalismos, por  cierto.

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El último libro de Lisa Appignanesi

      

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Un libro fascinante por su base histórica
y sus postulados sociales.
 

Mad, Bad and Sad analiza dos siglos de historia de la mente, el espíritu y sus dolencias en la mujer, y el tratamiento y actitud generalizados de médicos instituciones y la sociedad en general hasta el presente.
Demás está ejemplificar el oscurantismo de las prácticas médicas para la salud mental, que descendió como una nube negra sobre pacientes hasta hace poco. Las estadísticas parecen mostrar que la mujer ha sido más proclive a sufrir enfermedades mentales que el hombre. De lo que se desprenden dos preguntas:
¿Son estas estadísticas confiables, en épocas cuando comportamientos contrarios a los parámetros de la sociedad y la religión, muchas veces se interpretaban como la presencia de enfermedades mentales? ¿Era la mujer empujada más allá de los límites de la salud mental, debido a las presiones sociales, morales y los abusos psicológicos de la opresión machista? Puede decirse que hoy día las circunstancias han cambiado. ¿En qué medida?

Appignanesi llega a sus propias conclusiones. En su opinión la presencia de enfermedades mentales no está ligada al género, sino a la pobreza. No dudo de que circunstancias sociales difíciles en ambientes insalubres, azarosos e insufribles puedan haber tenido y tengan un efecto devastador sobre la psique humana. Sin embargo, no creo que sea el factor determinante, sino uno entre otros, ya que la pobreza tampoco está sujeta al género.

Creo que la capacidad de estremecerse, de sensibilizarse profundamente con la vida, ya sea en sus alegrías o tragedias, obviamente abre las puertas a esferas donde las presiones pueden forzar el equilibrio y llevarlo hasta un límite demoledor para la salud mental.Generalizando, la sicología femenina suele ser más rica, redonda y diversa. Por lo que no es de extrañar que la mujer responda mejor que el hombre a los tratamientos de terapia verbales. Mientras que el hombre suele ser más dogmático, muchas veces intransigente y con frecuencia emocionalmente inmaduro o carente. Según Doris Lessing “una especie incoherente”.

En su abundancia, su complejidad y multiplicidad, la mujer está mucho más expuesta a absorber e impregnarse profundamente de las realidades que pueden comprometer la salud mental. Esta permeabilidad obviamente la fragiliza, y aunque también la convierte en una luchadora,  puede quebrarla con mayor facilidad.
De la misma manera como la tendencia masculina a la agresividad se radicaliza en la violencia, la tendencia femenina a la hipersensibilidad  se radicaliza en la enajenación.

Las limitaciones culturales de género históricamente opresivas para la mujer, además de su susceptibilidad inherente, en mi opinión, dan origen a esos casos donde la enfermedad mental no es un mito, sino una realidad compleja difícil de entender, a pesar de los supuestos avances en la comprensión de la mente humana.

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