50 años más tarde del “Basurero para la libertad”

Basurero para la libertad

Hace 50 años cientos de mujeres se congregaron en Nueva Jersey para protestar contra el concurso de belleza Miss America, arrojando productos de maquillaje, y prendas íntimas dentro de un tacho de basura con la inscripción “Basurero para la libertad”.

“El objetivo era deshacerse simbólicamente de todo lo que oprime a las mujeres”, explica Robin Morgan, una de las organizadoras, durante una entrevista con la BBC.

Durante la protesta, una joven se quitó el soutien y lo arrojó al basurero, un gesto que fue recibido con una ovación general, para luego aparecer en todos los titulares del mundo.

Morgan cuenta a la BBC “Estábamos descubriendo el feminismo porque estábamos cansadas de preparar el café y no las políticas de gobierno. Ya sabíamos que la derecha masculina no estaría de nuestro lado. Pensábamos que la izquierda nos apoyaría y descubrimos que no fue así, cuando empezamos a hablar sobre nuestros derechos. Algunas historiadoras feministas consideran ese momento el principio de la actual ola feminista”.

Sin embargo, lo que se recuerda de ese momento es la quema de los soutiens, cosa que nunca sucedió, cuenta Morgan y que, según ella, trivializó el objetivo de la protesta, que iba mucho más allá.

Sus principales objetivos era reclamar que el concurso nunca había tenido una ganadora negra, ni portorriqueña, ni de etnia mixta ni nativa americana. El racismo fue una de las 10 reivindicaciones de la protesta, junto con el uso de la imagen femenina por parte de los patrocinadores para vender sus productos y la coronación de la mediocridad.

“Miss America representa lo que se espera de las mujeres: que sean inofensivas, aburridas, apolíticas y si eres baja o gorda, serás invisible”, recalca.

Al mismo tiempo reflexiona “En esa época le echamos la culpa demasiado a las concursantes, cuando en realidad eran jóvenes de clase media que simplemente querían obtener una beca, que de lo contrario no estaría a su alcance”.

Cuando le preguntan a Morgan qué desecharía hoy en el “Basurero para la libertad” dice: “Arrojaría los símbolos de las principales religiones, porque son todas patriarcales; también tacos altos y pornografía violenta, opioides y pastillas para adelgazar.

“Como poeta, dice Morgan, entiendo muy bien la fuerza de los símbolos y las metáforas, como entendí en su momento el poder del ”basurero para la libertad”.”

Cómo el patriarcado desmanteló el matriarcado

Un resumen interesante sobre cómo se produjo la transición al mundo patriarcal de hoy.
Recomiendo también la lectura de El mito de la diosa, Evolución de una imagen de Anne Baring y Jules Cashford para quienes estén interesadas/os en profundizar en la historia de esta transformación a nivel antropológico para acercarnos hoy a una nueva evolución que comienza a gestarse, para un futuro de mayor equilibrio y sanación humana y planetaria tan apremiantes. A. Guibert

Matrimonio gay en en Reino Unido

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Ayer el Parlamento británico votó a favor del casamiento gay con una mayoría de 400 contra 175. Hace tiempo la sociedad británica muestra su apoyo a esta ley y con ella a la evolución humana en términos de la sociedad y su sistema administrativo. Y sin embargo, aún existe oposición o resistencia, como en todo proceso evolutivo, de quienes necesitan continuar viviendo en el pasado, dilatando el progreso.

“La ex ministra Sarah Teather expresó preocupación de que se estuviera modificando la definición de matrimonio, con lo que la vida familiar podría entrar en desequilibrio.” registró la prensa británica

Es cierto, la definición del matrimonio cambiará debido a esta legislación. Felizmente. ¡Ya era hora de que cambiara una definición basada en significados arcaicos sobre la vida conyugal y la pareja, apenas enfocados hacia la procreación: hemos dejado de ser animales hace largo tiempo. El amor y el compromiso son las premisas que deben sustentar la institución del matrimonio, no la procreación. La institución del matrimonio tiene una historia, o sea una evolución. En sus orígenes, el matrimonio se constituía como un compromiso para la protección de la mujer/madre o también para poder traspasar el patrimonio a descendientes directos. En el mundo musulmán, por otro lado, se usaba como “contrato de penetración”. ¡Huelga cualquier comentario!
¿Consumar el matrimonio? Otro concepto basado en un mundo patriarcal, ¡donde el hombre ha determinado que si no hay penetración no hay sexo! ¿Recuerdan el caso Monica Lewinsky/Clinton? El matrimonio definido como institución para la procreación no refleja la realidad.

Sarah Teather afirmó: “En mi opinión las protecciones adicionales que ofrece a las parejas del mismo sexo son marginales, mientras que el potencial negativo a la sociedad puede ser considerable.”

Las leyes no sirven apenas como una forma de protección, sino que representan y forman un cuerpo para la justicia y la igualdad. ¿No le interesa a Sarah el inmenso beneficio que conlleva la institucionalización de la igualdad en una ley como ésta? ¿Quién conforma la sociedad según la señora Sarah? ¿Acaso quien elige ser homosexual o lesbiana no es parte de esa sociedad? ¿De qué manera sería negativo? ¿De qué manera es negativa la unión en el amor de dos personas, sean del sexo que sean?

¿Qué opina la señora Sarah de lo negativo que es para la sociedad cuando dentro de una familia y matrimonio heterosexual, existe maltrato, abuso a la mujer y los hijos, violencia doméstica, etc? ¿No tienen origen los casos de criminalidad juvenil (para luego extenderse a la vida adulta), en las familias heterosexuales disfuncionales o destruidas? Lo negativo está en el comportamiento y la incultura o la mala crianza, no en el sexo de quienes forman una familia o constituyen un matrimonio. Creo que el matrimonio gay puede aportar grandes cosas a la sociedad. Tal vez por estar basado en el amor y no en la imposición o presión sociales que muchas veces existen para contraer matrimonio.

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Está claro que la mayoría de quienes se oponen al matrimonio gay, lo hacen como reacción cultural o religiosa. La institución del matrimonio ha sido manipulada por la iglesia para la normalización del sexo dentro de un marco de autorización eclesiástica para la procreación. En el siglo XXI el sexo ya no entra dentro de ese marco, en tanto que la mayoría de las parejas o los individuos tienen sexo cuando lo desean, fuera y dentro del marco del matrimonio. De modo que los conceptos que han constituido las leyes y los preceptos sobre el matrimonio y el divorcio son anticuados. Una vez más, el amor entre dos personas de cualquier género debe ser la base del matrimonio y no la procreación.

En unos 50 años o menos, seguramente la sociedad en general considerará esta oposición histórica como un hecho risible por anticuado. De la misma manera en que hoy es impensable que la mujer no tenga derecho al voto. Aplaudo al señor Cameron en esta instancia. Sigamos evolucionando. Alejandra Guibert

Canon e invisibilidad

Las mil omisiones de Babelia (2da parte)

Babelia celebra los mil números, dos décadas de cultura cada sábado en El País. Para ello invita a sus críticos, para que cada uno en su especialidad haga la elección de diez obras fundamentales, editadas en España a partir de 1991. Y luego nos dice: “veinte años que este suplemento ha ido dando las claves de la actualidad literaria y que ahora recogen su esencia en este canon.”

Del griego, canon significa regla norma o modelo. El diccionario de la Real Academia Española 1. Regla o precepto 2. Catálogo o lista. 4. Modelo de características perfectas. Por lo que un canon literario vendría a ser una lista modelo. Obras, como bien dice en el titular del especial 1000, “fundamentales”.

Para que una lista logre representar ese modelo, habría que utilizar un criterio de selección uniformizado. Una regla que contribuya con el objetivo de abarcar, sin limitar, la realidad de la producción literaria dentro de una época, en este caso a partir de 1991, según el canon publicado por Babelia. Asimismo esa regla debería responder a un sistema de recopilación que comience con la selección de sus recopiladores y termine con una primera selección de obras disponibles para su evaluación. Sólo así se llegaría a una lista representativa que alcance un valor y la convierta en canon. Ese sistema simple pero fundamental evitaría cualquier arbitrariedad que pueda desautorizarla.

Las obras aquí recogidas fueron seleccionadas por un total de dieciocho críticos, en quince categorías. Entre dieciocho, apenas tres son mujeres: Rosa Mora para la categoría de novela, Ana Rodríguez Fischer para la de cuento y Victoria Fernández para la de literatura infantil y juvenil (léase sutil estereotipo). De acuerdo con la elección de seleccionadores, Babelia comienza con la limitación de no tener representación de la opinión femenina para doce categorías entre ellas poesía, ciencias, historia, economía o filosofía (léase sutil estereotipo). Si consideramos que la proporción de lectores (incluyendo autores), que leen literatura escrita por autoras es baja, incluso antes de comenzar la selección de obras, Babelia ha pasado por alto la necesidad de una regla de inclusión en los seleccionadores, para llegar a un canon autorizado por su carácter abarcador.

El resultado es elocuente: ¡las obras escogidas por los dieciocho críticos pertenecen a 156 libros de autores y apenas 24 libros de autoras! Es decir, de las obras escogidas como modelo para un canon apenas el 13% han sido escritas por mujeres. Aunque huelgan las palabras, tomar en serio cualquier canon que parte de una selección tan parcial en sus seleccionadores y arbitraria en sus resultados sería ingenuo o en el peor de los casos disparatado. En realidad, las cientos de miles de personas que seguramente saldrán a la calle a comprar los libros de esta lista no son ni lo uno ni lo otro. Simplemente responden al sometimiento del status quo. Sin cuestionamientos, es lo que se les ha dicho durante veinte años. Así debe ser.

A esto se suma otra consideración. ¿No partimos de una arbitrariedad aún mayor, por ser la arbitrariedad generadora, cuando las obras escogidas por las editoriales españolas para su publicación responden a las mismas limitaciones que encontramos en la selección de obras aquí expuestas por Babelia? A lo largo de su trayectoria y su dedicación a la cultura Babelia representa la norma. Una norma que ostensiblemente se apoya en una visión patriarcal. Una visión que repetidamente acepta y promueve la invisibilidad de la mujer y de su papel como artífice de la cultura. Los acepta con su silencio, los promueve con la aparente normalidad en la exigua representación de la mujer en sus páginas, en forma de migajas, de mechada presencia como una guarnición al plato principal.

La construcción de cánones parece tener sólo un propósito, establecer valores impuestos por unos pocos, autonombrados jueces a dictar una norma arbitraria

¿No será que “las claves de la actualidad literaria” que con tanto orgullo Babelia afirma haber dado durante veinte años, son claves de un dominio de la cultura demarcada por límites patriarcales? Para los próximos mil, Babelia haría bien en desbaratar esos límites si pretende de aquí en adelante ser un fiel representante de la Cultura.

 

 

Las mil omisiones de Babelia

 

         

El País acaba de celebrar las mil portadas de Babelia. Mil números de una revista cultural cuya trayectoria comenzó el 19 de octubre de 1991. Ángel Harguindey nos dice en el número 1000: “Son portadas de literatura, música, arte, fotografía, arquitectura, diseño, moda, teatro, cine y pensamiento. Remiten en la mayoría de los casos a individualidades, a nombres propios que por una u otra razón estaban en ese momento en la cresta de la ola. Naturalmente, también hay homenajes a una vida y una obra al margen de su actualidad inmediata y las hay con contenidos temáticos. En resumen: hay de todo como en botica.”

 Todo menos un lugar de relevancia para la mujer, como se hace más que evidente en las pocas fotos en portada que representan al género femenino. Las fotos que exhibe en su número mil para representar las mil semanas de cultura muestran rostros femeninos sin identidad. Rostros bellos. Sin una vida que los avale, una substancia que suponga su espacio dentro de la revista, que los acredite y por lo tanto les de valor. Son apenas tres rostros simbólicos, como el que vemos bajo el título “Estampas a la Siciliana”. “La batalla cultural de las ciudades en el siglo XXI” dice otra. En otra se ve a una mujer recostada junto a Delibes “Los pájaros olvidados de Delibes” dice la portada. Los once rostros masculinos, en cambio tienen un nombre, Porter, Vargas Llosa, García Márquez, Ellroy, Canetti, McEwan , etc, etc.

Los rostros femeninos en las portadas apenas ilustran un tema o acompañan a un autor. Ellos no son autores ni temas de por sí. Apenas suplen la ausencia real de la presencia femenina en Babelia. Son un espacio silente en la cultura, aquella que Babelia intenta representar. Aquella que no se basa en esos rostros femeninos para echarla a rodar. La omisión de la mujer como artífice de la cultura: un mensaje subliminal pero absoluto.

Un mensaje que, a pesar de décadas de reivindicaciones y supuestas legislaciones progresistas, continúa transmitiéndose de antena a antena, como pequeñas hormigas trabajan en una cadena interminable para satisfacer la voluntad de la reina, en este caso el rey. Personificado en los extensos canales de la cultura en pos de voluntades y visiones patriarcales.

Harguindey nos dice que Babelia “ha querido evitar el sectarismo y la arbitrariedad.” Obviamente, en su definición de sectarismo y arbitrariedad no consta el silencio y la invisibilidad constantes de la impronta de la mujer en todos los ámbitos de la cultura.

 Alejandra Guibert

Farsa apostólica

 

La investigación revela que el 5% del clero ha cometido abusos sexuales en seminarios, colegios y parroquias. ¡Uno de cada veinte curas! De lo que se ha conseguido desenmascarar y en un período de setenta años solamente. Dos ejemplos,  el sacerdote que abusó sexualmente de 200 niños impunemente bajo conocimiento de Benedicto XVI. Otro, Maciel, fundador de la orden Legionarios de Cristo, con mujer e hijos y diferentes nombres, bajo los que también abusaba de sus propios hijos.

Hoy el cardenal Bertoni miserablemente se da el lujo de relacionar la pederastia clerical con la homosexualidad y desentenderse del voto de celibato. Usar de chivo expiatorio a un grupo  que la Iglesia descarta como perverso por su legítima preferencia sexual sólo pretende desviar la atención de sus propios demonios. Cuando los actos de abuso sexual en manos de miles de representantes de la Iglesia no sólo constituyen un delito ante la justicia, sino que son actos perversos contra niños, engañados bajo la autoridad “sagrada” de la sotana que encubre debajo al demonio, contra el que castamente predican.

El cinismo de la iglesia es aplastante. La ocultación por parte del máximo exponente de la Iglesia y la aceptación, cómplice en el delito y ciega en la mentira de su cofradía casi idólatra, exponen su estafa moral. Sus millones de seguidores partícipes pecadores de omisión, en su incapacidad de aceptar el carácter terreno de la Iglesia y sus excesos de poder.  La jerarquía eclesiástica, su patriarcado misógino, su centenaria impunidad bajo supuestos actos de fe divina y obras de bondad universal, parecen auto-eximir a la Iglesia de todo “pecado”. Como si estuviéramos en la edad media y no nos hayamos dado cuenta.

La estafa de la iglesia así se expone, a pesar de sus celosos preceptos de obediencia, confesión, diezmo, su lista de mandamientos, todos en nombre de Dios. Cuando más que nunca queda manifiesto que es en nombre de sus propios intereses. El poder patriarcal a cargo de hacer cumplir “la ley de Dios” no podría llegar más lejos, si no fuera por su flagrante osadía de cinismo.

¿Hasta cuándo las autoridades van a dar carta blanca al abuso institucional de la Iglesia con la inacción ante los abusos sexuales? En un mundo patriarcal la respuesta es simple. Hasta que a la mujer no se le permita acceso a los lugares de poder, para que finalmente se recurra a su proceder ante los delitos de abuso contra la mujer y los niños.

 A. Guibert

Por las páginas de El País…

 

 

 

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Por las páginas de cultura de El País, y las de Babelia, desfilan escritores y sus libros con sus pensamientos y sus dictámenes, y la historia que han construido y construyen a partir de sí mismos y la valoración de sus obras. La sensación clara de un mundo de conceptos instituidos en piedra, inamovibles. Entre ellos se pone de manifiesto lo imposible de resaltar, lo invisible.

 

La ausencia de la presencia femenina como creadora, como formadora y comunicadora de una realidad, de un modelo o paradigma desde donde afirmarse para conocer, formular ideas, recomendar lecturas, transmitir y legar un mundo literario a través de su propia forja de una visión. Así como lo hace el hombre y su presencia resulta fácil y natural.

 

Cuando en las páginas de la cultura se pone de manifiesto la presencia femenina es cuando es hecha presencia. Cuando su aparición es el tema del fascículo, es el artículo del número especial. La presencia de la mujer en la literatura como si fuera un tema en sí que tratar o un fantasma que examinar.

Resalta también la restricción de un lugar tomado. Un lugar en el cual a la mujer se le da un rincón de donde asomarse y se finge que es el lugar de todos. Sólo que para ella, la mujer, la protagonista, lo es apenas por ese fascículo. No vaya a ser que se crea que luego estará lado a lado, con sus temas diferentes, que la alienan de los temas de ellos, los que tienen el sello de la casa. El sello que todos han aprobado sea para bien o para mal. Es el único. El de ellos. Un sello de una matriz que ha sido destruida. Para ellas sólo habrá un espacio especial en el fascículo particular o la noticia del evento desacostumbrado. Apenas para aquietarlas y permitirles apoderarse de un sentimiento de orgullo y satisfacción. Luego, a lo suyo. Lo de ellos es lo que va por la calle principal. La calle en la que desde el balcón ella sigue asistiendo el desfile de lo que se convirtió en la avenida de palabras, conceptos, percepciones, modelos e idiosincrasias de la oficialidad literaria. La oficialidad masculina de la cultura.

 

Como dice Carlos Fuentes, uno de los “dioses sagrados” aprobados por el sello de esta oficialidad en la entrevista del 4 de octubre de 2008 en Babelia:

“Todo está temáticamente dicho, pero el tratamiento es cada vez distinto”. ¿Dicho por quién? “Hay doce temas más o menos, en la novela: padres e hijos, hombres y mujeres, sexo, hijo pródigo, el viaje, la aventura, Ulises…” Los temas aparentemente universales vuelven a poner de manifiesto que no existen otros temas. Mucho menos aquellos que incumben a ellas, las escritoras que desde el balcón continúan diciendo a viva voz sin ser oídas por el ruido estridente que sube de la avenida. Esa misma universalidad del mundo patriarcal en que a la mujer se le da un lugar prestado. El mundo por el que con autoridad ellos caminan en la avenida. Mientras se espera que la sociedad en su totalidad camine junto o detrás en procesión, y la mujer se conforme con mirar desde el balcón. La autoridad militar, académica, científica, familiar, religiosa. El mundo patriarcal que sigue dictaminando los gobiernos, la economía, la guerra, los movimientos en el arte y la vida en general. En sus orillas, la mujer con su forma distinta de la corriente dominante, la que le da el derecho de mantenerla al margen de los valores decididos y estampados con el sello de aprobación.

Dice Fuentes: “Escribir sintiéndote el Dios de la primera creación es el gran privilegio de la literatura”. Otro concepto que nos separa, nos distingue por suerte y por desgracia. Para llevarlos a ellos en sueños de cumbres de grandeza, la deidad monoteísta de la masculinidad. A combatirlo todo, desecharlo todo, devorarlo todo, imponerlo todo, a sus anchas. Y continúa: “Es la fuerza del escritor. Sobrevive a los políticos por eso. El tiempo sigue adelante, derrota a los escritores, pero los escritores triunfan porque intentaron lo imposible”. La contienda permanente. Ser el mejor para arrasar, no dejar lugar, a codazos. Alcanzar un lugar, vencer, entre ellos.

 

Dejando de lado el silencio y la protección del espacio adquirido y reservado para un mundo patriarcal del intelecto, las palabras de Fuentes me saben a una antigüedad fuera de circulación. A pesar de la renuencia de dejar caer a los dioses sagrados, aunque hayan quedado fuera de su tiempo. No por una cuestión de edad material sino del momento de una era que por fortuna cambió, y a la que ciertas mentes no se adaptaron. Al igual que los políticos con los que se compara Fuentes. Estos conceptos de Fuentes suenan tan fuera de su tiempo, que la entrevista parece de una edición de El País de los años 80. Tal vez deba cuestionar también al entrevistador, el aparentemente sobrecogido discípulo que sigue promoviendo modelos cómodamente asentados en su subconsciente. Por un lado, estas páginas de El País no dejan de ser una decepción. Por otro, una cierta esperanza como una pequeña luz casi imperceptible me llega a la conciencia de que algo hemos avanzado, cuando los criterios de esta entrevista me saben a rancio.

 

Alejandra Guibert